Hermosillo, Sonora. Jueves 20 de Septiembre de 2018
 
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Anaya y el oxígeno al panismo sonorense

Arturo Soto Munguia

En el gimnasio de la Universidad de Sonora, el azul y el amarillo se entreveran en las banderas y en las camisolas; en los papelillos que cubren a los protagonistas de una alianza que algunos califican de antinatural, aunque en estos días la naturaleza de la clase política es como el agua, que tiende a tomar la forma del recipiente que la contiene.

Unas dos mil personas rodeando el pequeño templete donde desfilarían una candidata externa a senadora propuesta por Movimiento Ciudadano; un externo que recién abandonó las filas del PRI para encabezar la fórmula; un ex dirigente nacional del PRD, de orígenes en la izquierda radical de la Liga Comunista 23 de Septiembre y un dirigente nacional del PAN, todos desgañitándose en la euforia del apoyo a Ricardo Anaya, el candidato presidencial de esa coalición en la que también participa Movimiento Ciudadano, cuya dirigente estatal opta por el bajo perfil entre el graderío.

Entre las hileras de sillas se prodigan abrazos quienes no hace mucho se prodigaban madrazos. Por allí Javier Dagnino y Carlos Navarro. Uno, el más rabioso defensor de Guillermo Padrés; el otro, exdiputado local del PRD que en su momento combatió al lado de los priistas y sus aliados en la Cámara, las políticas del sexenio pasado.

John Swanson, el ex jefe de la oficina del Ejecutivo en el gobierno de Padrés; Moisés Gómez Reyna, ex secretario de Economía y luego diputado local; Ramón Corral Ávila, fallido candidato a la senaduría que hubo de ser “bajado” después de unas declaraciones muy certeras pero políticamente incorrectas para el padrecismo dominante en el PAN de Sonora.

No están todos los que eran, pero todos los que están, sí son. Candidatos a diputados locales y federales; dirigentes estatal y municipal; la candidata a la alcaldía de Hermosillo que permanecen en el bajo perfil, unos porque no arrancan oficialmente los tiempos de sus campañas, otros porque sólo poner un pie en el templete comienza a mover la registradora de los gastos de campaña y prefieren ahorrarse dinero y broncas.

Por allí también Javier Gándara Magaña muy cerca de María Dolores del Río; un par de invitadas especiales: Cecilia Soto y Patricia Mercado. También los líderes y candidatos del sol azteca buscan el calorcito blanquiazul y se entreveran por todas partes. Por cierto, predominaban las banderas amarillas en el foro.

Todos juntos para corear a un solo grito “¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente!”, cuando el candidato llega, cuando sube al templete, cuando prende a la multitud con una arenga incendiaria, fuerte, clara, precisa para mover los resortes de las emociones que pasan por encima de la memoria y arrancan el aplauso cada vez que menciona a los corruptos que se roban el dinero público, como si en Sonora la alternancia no hubiera durado sólo seis años porque los sonorenses castigaron con su voto ese gobierno efímero que saqueó las arcas y hoy mantiene a su titular en la cárcel. Por corrupto, precisamente.

Siempre se siente como rarito escuchar las arengas de líderes de izquierda apoyando a un candidato de la derecha. Ya sé que es lo normal en estos desideologizados días, pero no deja de sentirse rarito.

En su turno, Jesús Zambrano, mejor conocido como “El Tragabalas”, mote que se ganó tras ser herido en la mandíbula con un balazo disparado por policías después de participar en un asalto bancario en aquellos años de la 23 de Septiembre, se deshace en elogios hacia Ricardo Anaya.

“Hoy, a 45 días de las elecciones, sólo hay dos que pueden ganar la presidencia de la República y uno de ellos es nuestro candidato”, grita a voz en cuello, enfatizando el NUESTRO y arrancando el aplauso de los asistentes.

A Leticia Cuesta todavía le queda un poco de pudor y no parece cómoda en el centro de la concurrencia mayoritariamente de panistas y perredistas. Hasta aquellos días en que cavilaba sobre aceptar o no la candidatura de la coalición, hacía malabares para explicar que su campaña correría por una especie de carril paralelo a la de los panistas. Pero ahora está allí, en medio de ellos, tratando de convencerlos de su condición “ciudadana” y de la necesidad de abrir los partidos políticos a la participación de la gente común, como suele llamarles.

El Toñito Astiazarán tiene más colmillo. Se desenvuelve con más naturalidad entre el azul, el blanco y el amarillo. Trae en sus manos una copia ampliada de un recibo de la CFE con el que ilustra las bondades del programa Energía Sonora, una iniciativa en la que trabaja desde sus tiempos de priista y que permite descuentos importantes en el cobro por consumo de electricidad. El recibo en sus manos corresponde a una familia a la que el cobro le llegó por cero pesos y cero centavos.

El propio Ricardo Anaya hizo de ese programa parte de su discurso y de sus promesas de campaña, para lograr, dijo, hacer de Sonora una potencia en la generación de energías limpias.

Por la mañana, Anaya sostuvo un encuentro con representantes de medios de comunicación, donde no le fue tan mal como se esperaba, considerando que al menos en un par de ocasiones había pospuesto su visita a Sonora, donde el panismo no atraviesa por su mejor momento y la carga de Guillermo Padrés, a quien dijo, no ha ido a visitar a la cárcel, todavía les pesa como una losa.

Luego tuvo un encuentro con empresarios, donde reportan buena asistencia y mejor ambiente, y posterior a ello, el encuentro con sus multicolores simpatizantes.

Eso es lo suyo. Anaya se mueve como pez en el agua entre la multitud. Conoce las fibras más sensibles y las toca por nota. Es L’enfant terrible. El joven que pasó por encima de los liderazgos históricos del PAN para ganar la candidatura, dejando en el camino a auténticos dinosaurios blanquiazules y cooptando a otros.

No sólo ha probado capacidades en la intriga palaciega y en la confrontación con el sistema, que estuvo a punto de noquearlo con acusaciones de enriquecimiento inexplicable, negocios turbios en los que parecería asesorado por Guillermo Padrés, particularmente en ese episodio donde aparece su chofer como accionista de empresas millonarias, un caso que hace recordar a Don Trini, aquel modesto cantinero de Navojoa cuya identidad fue robada para hacerlo aparecer como dueño de valiosos terrenos en el Vado del Río. O de otra humilde señora en una ranchería cercana a Álamos, que luego apareció como socia principal de una empresa minera de gran valor, contrastante con la choza en la que vive.

Lo suyo también es la arenga plazuelera, la agitación de masas, la retórica de oposición que fustiga a los corruptos y a los populistas, haciendo abstracción de su propia historia y de sus promesas de campaña como la renta básica universal, que ofrece dinero a todos los mexicanos por el solo hecho de serlo. Habla de combate a la corrupción y a la delincuencia, como si los sexenios de Fox y Calderón jamás hubiesen existido. Reta al mismísimo presidente de los Estados Unidos y asegura que una vez que llegue a Los Pinos, sí lo enfrentará “y se lo voy a decir en inglés para que lo entienda: México no va a pagar un solo peso para la construcción del muro”.

Y la audiencia eufórica. Huérfanos de liderazgos, panistas y perredistas en Sonora literalmente bebían las palabras del candidato. Y el candidato sabe cuáles palabras decir, cuáles enfatizar, cuáles suministrar y cómo.

Habla del voto útil, de su inminente llegada a la presidencia, del cambio que vendrá después del uno de julio. Y la gente le cree, le aplaude, porque necesita hacerlo en un estado donde el PAN está en la lona, donde los candidatos locales no levantan, salvo en casos excepcionales. Donde Morena ha crecido como fuerza emergente y los ha desplazado en la disputa por los espacios de poder que hoy le pelean al PRI.

Anaya vino a Sonora. Pisó la base. Evadió abundar sobre el caso Padrés. Levantó el alicaído ánimo de sus huestes locales. Se comió un hot dog en la plaza Emiliana de Zubeldía, desahogó rápidamente su agenda para llenar la bitácora de entidades visitadas y regresó a su campaña en otros estados política y electoralmente más redituables.

Un poco de oxígeno para los panistas locales y sus nuevos amigos, los perredistas que les acompañan en el aplauso que, finalmente, no existiría sin la izquierda y la derecha. ¿O sí?

 

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Publicado por en May 18 2018. Campo bajo El Zancudo. Puedes seguir cualquier respuesta a través de RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.

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